Si hay algo más conmovedor que alguien nos cuente un secreto en voz baja es que nos susurren un poema al oído. El efecto es mágico: el poder de la poesía se potencia en ese acto de intimidad que implica la acción de susurrar. Para que la experiencia sea posible solo se necesita unos versos, dos personas y un tubo de cartón que dirige la voz y amplifica el sonido de la palabra. La idea surgió en Francia hace ya algunos años y aquí vemos a los chicos de segundo con sus susurradores, fabricados por ellos y recitándose poesías.